sábado, 13 de mayo de 2017

Formando a las futuras generaciones emergentes

La vecina de abajo está entrenando muy bien a su nieto. Tan bien como hizo con sus hijos. Yo lo sé. He vivido los dos procesos desde muy cerca. Tal y como su hija ha procreado, ha puesto al niño en sus manos durante la jornada laboral. Y mi vecina está respondiendo, como siempre. No lo dudábamos.
El niño va a cumplir tres años. Tresa temporadas de cal y de arena. De azucar y tabasco. Así funciona. El tiempo que pasan juntos se puede dividir en unos pocos grandes grupos. Nutrición, descanso, desarrollo de habilidades, desarrollo del instinto de supervivencia, y de una fuerte personalidad. Mediante distintas propuestas ocupacionales, sabe combinar perfectamente los momentos en los que el niño teme por su vida, se siente el ser más excepcional del universo, tiene que demostrar su valía para poder comer, aprende dos canciones que su abuela le repite de manera incesante, memoriza las plantillas de los equipos de fútbol y descubre que llorar no sirve para nada en la vida real. Curas de realidad para el niño, sobradamente preparado, que ya posee de serie vacuna para la frustración y la soledad.
Con esa mezcla de amor y miedo, la personalidad del niño se va forjando poco a poco, día a día. El esfuerzo y la perseverancia son herramientas insustituibles en el proceso. Por otra parte, para que el andamiaje llegue a buen puerto, todas las enseñanzas se fijan en el niño a golpe de decibelios. Nada mejor que unos buenos gritos para que el infante aprenda lo guapo que es, o lo que ha hecho mal. O lo lejos que va a llegar en su vida en comparación con su tío y su abuelo.
Le hemos propuesto que se monte una academia para formar a las futuras élites del país. Pero siempre declina nuestras ofertas.  Dice estar mayor, dice tener ojos solo para su nieto. Detrás de su falsa modestia, le reconocemos que lo suyo es educación artesana, de autor. Jamás se podría realizar a nivel industrial. A veces, por contra, piensa en abandonar. Le tiemblan las manos del cansancio. Pero no lo hará. Confiamos en ella.
Toda la familia se reúne por las tardes a aplaudir los éxitos de su joven promesa. Como cuando mató un alcaudón con sus propias manos. ¡Qué maravilla! ¡Qué suerte poder acudir de cuando en cuando a esas reuniones! Pascual no se lleva bien con ellos, y el archiduque no se lleva bien con nadie. Pero el arquitecto y yo acudimos todas las tardes que podemos. A comer lacón y alabar las bondades de la criatura. Nuestro barrio está en buenas manos.