martes, 16 de agosto de 2016

Mejor que cola de león, cabeza de chorlito

No gané ningún premio, no penséis que me interesa,  pero muchos me pidieron consejos cuando estaban en la élite. Yo les expliqué como eludir la melancolía y la vanidad. Les invité a merendar.
Yo no estuve en primera línea, ni en las trincheras, pero si no llega a ser por mí, los de la vanguardia no hubieran tenido alimentos, ni balas, ni cuadros. No hubieran tenido risas ni amaneceres.
Yo no marqué el gol. Ni di el pase final, ni detuve a los atacantes, pero todos los partidos en los que jugué fueron emocionantes. En todos ellos ganamos. Preparé a mis compañeros para sus exámenes finales.
No salí en la foto final, no supe quedarme quieto. Pero ayudé a poner los trípodes, y leí en voz alta lo que nos decía el fotómetro. Hice café para todos.
No desactivé el reactor, no pude enfriarlo yo solo. Pero llamé al Ministerio de Desastres y les leí el manual por teléfono. Conduje toda la noche.
No me especialicé en nada, puesto que encontré tantas cosas bonitas que quise aprender de muchas de ellas. Hice fotos muy bonitas.
Pero tampoco me quedé en casa viendo la televisión. No participé en ningún escándalo, no llevé alhajas ni me cegaron las ansias ni los complejos, ni inseguridades que la sociedad nos impone. Leí muchos libros y cómics.
Debí haber trabajado mejor las lumbares. El resto lo escribiré a partir de ahora.

viernes, 12 de agosto de 2016

Campo de furbol. Semana 1

Semana 1 de la evolución del descampado donde los niños entranaban al fútbol y los padres insultaban a los árbitros. Este descampado se abandonó para construir un campo de césped artificial (sí, de ésos que han servido para que muchos en Valencia se lo lleven crudo) y creció la vegetación salvaje. Un reciente incendio ha conseguido que el ayuntamiento lo arranque todo, dándome la oportunidad que desperdicié de llevar a cabo el seguimiento de la creación de la vida y la evolución de las especies desde el desierto hasta la llegada de la jungla en la que se convertirá si el hombre no vuelve a meter sus narices en ello.
Un camión y una pala haciendo el amor.

El amasijo antes de ser retirado. Comienza la partida.





sábado, 9 de julio de 2016

Ducha de presión

No llega el agua a los pisos superiores de nuestra finca. Bueno, sí que llega, pero no con la suficente presión como para excitar el serpentín de los calentadores de agua. Por lo que los vecinos se tienen que duchar con agua fría. Como Pascual se niega a la instalación de una bomba de presión, el arquitecto y psicólogo, que viven en los áticos, se han armado de valor y  nos han pedido que les dejemos ducharse en nuestras casas. 
Yo me he negado en redondo sin ninguna pena ni óbice, puesto que no me he negado en ningún momento a la instalación del grupo de presión (¡qué gran nombre!). Por otra parte, conozco perfectamente a esos dos individuos, y sé que ninguna ducha, ninguna casa, ningún jabón con vitaminas va a estar nunca a la altura de sus exigencias y pretensiones. Así que he dejado sabiamente toda la responsabilidad en los hombros de los otros vecinos. De Pascual, más concretamente, para que sufra en sus carnes los efectos de sus tacañerías.
Así, se les oye gritarse por el deslunado, que esa mampara hace aguas, que él no es el criado de nadie, y su mujer mucho menos, que podría gastar menos jabón o traerse el suyo propio, que ese mismo jabón reseca la piel, y que cuanto más huele un jabón, menos jabón y más mierdas tiene, que han cogido hongos en esa ducha, que los hongos los han cogido los dueños porque antes no tenían. que los azulejos son horribles, que qué poca vergüenza si ha dejado de invitarles a desayunar aprovechando la ducha, que el fular de su madre no es la toalla de pies de salir de la ducha. Gritaban más cosas, pero en el momento de escribir esto ya no me acuerdo.
El nieto del vecino del primero está componiendo raps con lo que gabamos con los móviles. Yo quería ayudarle, pero no me ha dejado. Dice que soy de la edad de su madre, y eso no le gusta.
Espero encontremos pronta solución a todo esto, puesto que, cada vez que me asomo al deslunado, veo sus onomatopeyas.

jueves, 26 de mayo de 2016

El gran crowdfunding (segunda parte)

Extraños días, estos últimos. ¡Quién reconociera nuestro barrio! El kioskero discjockey ha cerrado por dilemas éticos. El cementerio de segadoras ha sido trasladado a otro suelo más barato. Los bares y negocios chinos están siendo adquiridos por españoles. Dejando a nuestros queridos chinos sin empleo. Nada es inmutable.
Como todas las primaveras, el aire se llena de abuelitos en suspensión. Nadie tiene la valentía de airear su casa. Por lo menos, la vecina del cuarto no expolsa las migas del mantel por la ventana.
Pero, por encima de todo. ¡Quién reconociera al archiduque!
En qué mala hora le regalamos la corona. Ahora se ha convertido en una caricatura de sí mismo. Es decir, en una caricatura de una caricatura. Va por el barrio con su corona y un manto de armiño cien por cien poliester, como patrullando. Se queda plantado delante de los escaparates hasta que le saludan desde dentro. Le dice a la gente como tiene que hacer las cosas, por dónde tienen que cruzar las calles, qué tienen que estudiar sus hijos. Les repasa la lista de la compra antes de que entren la supermercado. Ayudarles con las bolsas no les ayudará, no. Pero dar la brasa...
El caso es que la corona ha servido para que pase de ser un personaje anónimo del barrio a convertirse en el pesado oficial que da consejos a todo el mundo. No se da cuenta de que es ignorado, cuando no es objeto de burlas. Unos jóvenes le quitaron la corona y lo torearon, lanzándosela entre ellos, escondiéndosela en el chándal, etc. Pero, pese a todo, el archiduque no remonta, sigue con su actitud decimonónica.
Hemos tenido que hacer una reunión secreta en casa del arquitecto. En diez minutos se han acabado las cervezas y se ha tenido que ir a por más. No podemos desfundir la corona y devolver el oro a sus dueños, porque el chico que funde el cromo no hizo moldes de cada una de las piezas. Somos dispersos. A mitad de intentar trazar un plan, llaman a la puerta. Una vendedora de Avón y Círculo de lectores nos ofrece sus catálogos. La invitamos a pasar y nos ponemos a consultarlos, como niños pequeños cuando se acerca la Navidad. No sé como acabará todo esto.