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miércoles, 8 de agosto de 2018

Aparcamientos

Desde que vimos el episodio piloto de "Aparcamientos", el arquitecto y yo vamos de cuando en cuando al centro comercial a pasar el rato. No tocamos tiendas, sino que paseamos por el subterráneo, identificando similitudes y haciendo bromas. Pascual no viene, porque no conoce la serie. Y el archiduque ni ha venido, ni vendrá. Porque solo se desplaza en tasis. Jamás ha pisado un aparcadero.
El caso es que saludamos con efusividad al que cuida las escaleras mecánicas, que siempre es el mismo, no importa la hora ni el día. Y así, se da cuenta de que alguien sabe que existe. Que no es una parte más del moviliario de esa zona límbica que conecta el subsuelo con la vida real, con las tiendas.
Caminando y abriendo puertas escondidas, a base de la observación, de la imaginación, de la semejanza y la simetría, hemos llegado a establecer similitudes con el glorioso piloto de la serie.
Un nuevo mundo lleno de peligros, de situaciones de descontrol y de romances se ha abierto ante nuestros ojos. 
Por ahí viene el encargado. Alto, con cara de distraído, con el pelo teñido de ese color azulado que no creíamos que se siguiera usando. Busca una segunda oportunidad después de joderle la vida a su familia con el alcohol. Un antiguo amigo que ahora mueve mucho dinero le ha puesto al frente de este polvorín. Nadie sabe como acabará esto. En su taquilla guarda una botella de ginebra que abraza de vez en cuando, cuando el final del día les ha pegado una paliza a todos, y piensa seriamente en abandonar.
Suena el teléfono de la caja central. Hay problemas en Sótano 3. El encargado de mantenimiento baja presto con el maletín. No saben qué puede ser. El encargado abre su taquilla y vuelve a mirar la botella. Un compañero más joven e inexperto se queda al frente de la garita. Tiene la pretensión de ticar los descuentos y cubrir las bajas de los otros dos el tiempo que sea necesario. Aprieta la mandíbula, los maseteros están a punto de explotar. Es la única figura visible en toda la zona, si exceptuamos al de las escaleras, que no se mueve jamás. El peso de todo el aparcamiento reposa sobre sus hombros. Ha tenido que compaginar esta tarea con ir a recargar de tickets la barrera de entrada Sur.
La señora malencarada de la barredora pasa de vez en cuando, ajena a la crisis formada. Desmonta si se acaba el agua de la máquina. Nadie sabe su nombre. Solo el que paga las nóminas en la central de las centrales. El encargado la mira bien. Pero nunca le dirá nada. Ya ha fastidiado la vida de una familia con su frenesí. Son dos seres pasionales condenados a vivir en dos rectas paralelas.
Empieza a anochecer, todos están reventados a causa de la acción de la jornada. Se escucha la música de los títulos de crédito. Todos recogen. 
Y ahí llega el cliffhanger que nos hará volver en los siguientes días a seguir ávidamente la serie. La barrera de salida se desploma sobre el parabrisas del coche que salía justo delante de nosotros. El conductor sale del vehículo, desorientado. El encargado viene corriendo, ya vestido de paisano. Al ver los destrozos, se tira al suelo, de rodillas, rezando a la tubería de aire acondicionado, pidiéndole explicaciones al destino. "¿Por qué? ¿Por qué?"

sábado, 13 de enero de 2018

El valle de los comerciales

En la empresa en la que trabajo hemos estado viendo que los comerciales sufrían al no poder ser ellos mismos. Los pobres se tienen que comportar como el resto de la sociedad. Y eso le coarta. Muchos de ellos se estaban quedando calvos y mostraban comportamientos autolesivos. Teníamos que hacer algo al respecto.
Pedí audiencia a mis amigos del barrio. Pascual llegó borracho y se fue a dormir la mona a casa. El archiduque, simplemente, no apareció. Pero vinieron los que necesitaba para aquellas consultas. El buen arquitecto y malvado psicólogo acudieron a mi llamada de auxilio. Juntos decidimos que iban a venir al trabajo al día siguiente, a tomar muestras de ADN, pulsar el ambiente, y llevar a cabo un plan de acción.
Perplejo ante sus propuestas, tuve que hablar con los más altos estamentos, solicitar presupuestos adicionales, pelearme con unos y con otros. La salud de mis compañeros, y de la empresa, estaba en peligro.
Por supuesto, en cuanto han comenzado las obras, he notado como el arquitecto desaparecía de mi vida. Que qué va a saber él de eso. Que cómo me va a poder ayudar, etc.
Así, después de mucho sufrir con la reforma, y de los consabidos retrasos y extorsiones por parte de los constructores, hoy damos por concluidas las nuevas instalaciones. Hemos, por fin, podido inaugurar en la planta de arriba, separada del comedor por razones de higiene, la porquera para los comerciales... Y ha sido todo un éxito.
¡Qué felices y contentos se les ve ahora en su piscina de barro! Todo son ventajas. Ellos hacen lo que mejor se les da, se expanden y relacionan entre sí como a ellos les gusta, y además sin molestar a los demás. Por otra parte, han superado con creces un leve temor que yo tenía antes de las obras. Yo pensaba que, si se desahogaban en su zona de esparcimientos, luego volverían al trabajo relajados, y sin ganas de cazar. Todo lo contrario. Vuelven a sus puestos concentrados, metidos, con ganas de sangre.
Ya he pasado el proyecto a todas las otras delegaciones, a la subcentral y a la subsede principal armónica. Que cunda el ejemplo.

lunes, 3 de julio de 2017

Tensión máxima rota antes de tiempo

A estas horas, el sol todavía no está despierto del todo, como tampoco lo están las tiendas donde vamos a consumir productos innecesarios. Las persianas permanecen a media altura, como una bandera que vela la muerte de un prócer nacional. Y el portón de metal del gran centro comercial se encuentra cerrado, hierático, ajeno a lo que sucede fuera.
Las terrazas están llenas de una extraña combinación de turistas y endémicos, ansiosos porque las tiendas emerjan al fin. Y de desolados comerciantes a sueldo precario, consultando sus móviles y sus cigarros con nerviosismo, que desearían que nunca jamás llegaran las diez de la mañana de hoy lunes.
Estos veinte minutos previos son preciosos. Básicamente, de una intensidad y tensión que solo alguien muy observador que no pertenece a ninguno de los dos grupos puede ser capaz de apreciar y disfrutar. Si uno de los clientes se pusiera a dar golpes en la cancela del centro comercial, cual almonteños, todos los guiris, personas que trabajan a turnos, autónomos que se pueden organizar sus horarios y diletantes se lanzarían cual horda de bárbaros sin ley a empujar la puerta de metal hasta derribarla y acceder por fin a sus ansiadas rebajas.
Si alguno de los meláncolicos dependientes rompiera, por fin, a llorar como se merece, las angustias y quejidos reverberarán recorriendo las terrazas en una onda expansiva de agua, sal y pena.
De la tensión que reina en el ambiente, se han alejado los pájaros y los autobuses. Y, se diría que, se pueden escuchar los acelerados latidos de unos y otros. 
Quedan diez minutos. Cuando alguien muerde una tostada crujiente, se escucha en toda la plaza. Los mensajes de texto retumban. Un turista de los que no han podido permanecer sentados fotografía sin parar. Alguien ha apagado las televisiones de los bares. Los que todavía almorzamos, lo hacemos muy despacio, con cuidado.
Faltan siete minutos. Comienzan las prisas por abonar las cuentas. Las camareras no dan abasto. Las cajas se quedan sin cambio. La gente da sugerencias para mejorar el serviccio. El aire acondicionado me hace estornudar. Un caos.
Quedan cinco minutos. Nuevas personas aparecidas desde los cuatro puntos cardinales se acumulan en el portón y todos juntos sitian el centro comercial. Debido a la muchedumbre, los dependientes que han conseguido pagar, no pueden acceder al centro. Ni siquiera por la puerta de servicio. Una máquina tragaperras canta Jackpot. Un pervertido se lleva un tortazo. Los portones crujen. Oficinistas que salían a almorzar vuelven a subir a sus trabajos por el mismo camino por el que bajaban. ¡Qué rico está este café!
Quedan tres minutos para las diez de la mañana. Los portones ceden finalmente. La estampida es inevitable. Las barricadas interiores ceden, los mostradores caen, la cadena humana de vigilantes de seguridad y dependientes se dispersa por la fuerza del número. Los euros surcan el espacio virtual cambiando de dueño.
Entre codazos, comienzan las rebajas.

miércoles, 31 de mayo de 2017

La única no-franquicia del centro

El hecho de ir al centro no obliga a tomarse un vino en una franquicia, me digo. Así que hago un sondeo, en círculos concéntricos al teatro que visitaré después. Una pasada tras otra, siempre con mayor radio, me muestran sitios bastante llenos y, pese a todo, limpios. Con ofertas muy importantes en terrazas y carteles. Pero me niego a darle mi dinero y tiempo al capital. Así que continúo caminando, ampliando mi horizonte. Como si tratara de salir de un laberinto de marcas de bocaterías y cafeterías, sigo siempre la pared en la misma dirección, para no perderme entre los neones y las cristaleras que dejan ver gente joven y feliz.
Al fin, encuentro un lugar no alineado a una multinacional. Entro sin titubeos. Se encuentra vacío, con eco, oscuro. Saludo en voz alta para prevenir al que esté en la cocina. Un ser de ultratumba se me acerca con semblante molesto. Le solicito una copa de vino y espero a que me la sirva en la barra, para no hacerle salir. 
Dejo mis cosas en una silla y saco el bloc para dibujar a la gente que pasa por la calle. El calvo narigón es el primero en hacerse de tinta. Tiento el vino. Una emanación de  alcohol llena mi tabique nasal y mi paladar. Vino de sacamuelas. Especial para cuando se busca una razón para no ir a las franquicias. Con más corazón que cerebro, bebo un trago y sigo dibujando.
Muy molesto por mi presencia, el camarero de otra dimensión espaciotemporal se pone a barrer a mi alrededor, farfullando con desdén. Al entrar tres individuos de esos que venden productos que no tienen materia y trabajan a comisión, corre a espantarlos a ellos, dejándome sombrear tranquilamente al primer calvo que dibujé.
El camarero vuelve del exterior, jurando sin cesar, y saca los platos del lavavajillas, que está junto a mi mesa.
Llega entonces la estrella. Una maravilla para la vista, para el corazón y la razón. A ella sí que le permite entrar en sus dominios, el ser de ultratumba. Mostrando, acto seguido, su descontento cuando ve que se dirige a mi mesa y me planta un beso por medio de ultrasonidos que hacen ladrar a todos los perros de la zona. Cuando ella se acerca a la barra a pedir, el camarero se esconde con pasmosa habilidad. Cuando ella se gira, aparece. Llegado el momento, ella se cansa y me dice que me acabe el vino tranquilo, que me espera en el teatro. Y se va.
Como gorila de lomo plateado, se me acerca el camarero, derribando mesas y gruñendo.Carga hacia mi. Agarro malamente mis libretas y bolígrafos y comienzo a salir por piernas.  De súbito, con un gesto, pido cuartel momentáneo señalando la copa de vino que, inexplicablemente, respeta. Apuro de sorbo el vinacho que me queda, dejo suavemente la copa en la mesa y esprinto hacia el exterior. Con rugidos viene detrás. Me persigue por las calles. No le importa dejar el bar vacío. Tampoco creo que nadie se atreva a entrar allí. Me lanza adoquines, como en una persecución de final de episodio de cómic de Ibáñez.


sábado, 13 de mayo de 2017

Formando a las futuras generaciones emergentes

La vecina de abajo está entrenando muy bien a su nieto. Tan bien como hizo con sus hijos. Yo lo sé. He vivido los dos procesos desde muy cerca. Tal y como su hija ha procreado, ha puesto al niño en sus manos durante la jornada laboral. Y mi vecina está respondiendo, como siempre. No lo dudábamos.
El niño va a cumplir tres años. Tresa temporadas de cal y de arena. De azucar y tabasco. Así funciona. El tiempo que pasan juntos se puede dividir en unos pocos grandes grupos. Nutrición, descanso, desarrollo de habilidades, desarrollo del instinto de supervivencia, y de una fuerte personalidad. Mediante distintas propuestas ocupacionales, sabe combinar perfectamente los momentos en los que el niño teme por su vida, se siente el ser más excepcional del universo, tiene que demostrar su valía para poder comer, aprende dos canciones que su abuela le repite de manera incesante, memoriza las plantillas de los equipos de fútbol y descubre que llorar no sirve para nada en la vida real. Curas de realidad para el niño, sobradamente preparado, que ya posee de serie vacuna para la frustración y la soledad.
Con esa mezcla de amor y miedo, la personalidad del niño se va forjando poco a poco, día a día. El esfuerzo y la perseverancia son herramientas insustituibles en el proceso. Por otra parte, para que el andamiaje llegue a buen puerto, todas las enseñanzas se fijan en el niño a golpe de decibelios. Nada mejor que unos buenos gritos para que el infante aprenda lo guapo que es, o lo que ha hecho mal. O lo lejos que va a llegar en su vida en comparación con su tío y su abuelo.
Le hemos propuesto que se monte una academia para formar a las futuras élites del país. Pero siempre declina nuestras ofertas.  Dice estar mayor, dice tener ojos solo para su nieto. Detrás de su falsa modestia, le reconocemos que lo suyo es educación artesana, de autor. Jamás se podría realizar a nivel industrial. A veces, por contra, piensa en abandonar. Le tiemblan las manos del cansancio. Pero no lo hará. Confiamos en ella.
Toda la familia se reúne por las tardes a aplaudir los éxitos de su joven promesa. Como cuando mató un alcaudón con sus propias manos. ¡Qué maravilla! ¡Qué suerte poder acudir de cuando en cuando a esas reuniones! Pascual no se lleva bien con ellos, y el archiduque no se lleva bien con nadie. Pero el arquitecto y yo acudimos todas las tardes que podemos. A comer lacón y alabar las bondades de la criatura. Nuestro barrio está en buenas manos.

jueves, 2 de febrero de 2017

Carafácil

Carafácil sonaba de algo. Le llamábamos así porque no sabíamos su nombre, ni a qué se dedicaba, ni dónde vivía exactamente. Sabíamos que era semi vecino nuestro, pero no lo situábamos.
Ninguno de nosotros lo conocía. Nunca habíamos hablado directamente con él. Pero cada vez que nos lo cruzábamos, aunque normalmente estuviera en la otra acera, alzábamos la mano o la mirada. Yo le gritaba un "ye", como a muchos amigos y conocidos.
Todos los miembros del equipo brutal  teníamos la misma relación con él por separado. Y no lo supimos hasta que una tarde, estando en la terraza del bar, pasó caminando por la calle, con ese aire elefantoide que gastaba. Saludó a nuestra mesa, y todos a la vez correspondimos al saludo. En cuanto nos rebasó, comenzamos a cuchichear sobre quién era realmente. Ninguno lo conocía. Nadie había cambiado con él ni una sola palabra. Pero se nos hacía cotidiano y familiar. Por eso todos le tratábamos igual.
Pasó mucho tiempo desde esa tarde. Tanto que alguno de nosotros llevaba barba desde entonces.
Preguntamos a todos. Los viejos que toman el sol en el parque, las madres de los niños del mismo parque, el kioskero disckjockey, Nikolai... nadie sabía quién era, ni donde vivía.
La única respuesta posible al misterio fue ir a preguntar al peluquero. Sin dudar ni un instante, nos dijo donde vivía Carafácil. Nos confirmó que hacía mucho tiempo que no aparecía por allí ni se cruzaba con él en el supermercado. Quiso decirnos su nombre real, incluso creo que llegó a pronunciarlo. Pero ninguno de nosotros quiso renunciar al apodo tan bueno que le habíamos puesto. El archiduque aprovechó la visita para cortarse el pelo mientras los demás leíamos la prensa deportiva y las revistas de supuesta investigación. Con los datos del peluquero, fuimos prestos a investigar.
Desde fuera de su casa, notamos el extraño olor que tanto llamaba la atención de los vecinos, que tampoco sabían como se llamaba. No quisimos mirar su nombre en el buzón, no fuera que nos lo aprendiéramos. El arquitecto y Pascual riñeron sobre quién de los dos era el más apropiado para forzar la cerradura. Mientras, yo pensaba en mis cosas.
Cuando conseguimos entrar, estaba Carafácil en el suelo de una de sus habitaciones totalmente desnudo, acunando a los aparatos eléctricos de luz azul, lo único en lo que podía confiar en esta vida.
Llamamos a la policía, a los bomberos, ambulancias y al teniente alcalde. No podíamos dejarlo en ese estado y volvernos al bar.
Se lo llevaron en camilla. Por primera vez oímos su voz. Gritaba cosas inexcrutables que yo quise creer que eran loas a un dios pagano en el que él tenía puestos todas sus esperanzas. Porque, en la humanidad, no concibo que estuviera muy ilusionado.
Ya podíamos volver al bar. Nunca lo volvimos a saludar por la calle. Nunca volvimos a hablar de él. Lo he recordado yendo a por el pan, donde solía cruzármelo. El barrio ya no tiene a Carafácil, el anónimo paseante que todo el mundo conocía de vista. ¡Salve Carafácil! Doquiera que estés, si alguien te pregunta tu nombre, no se lo digas.

sábado, 9 de julio de 2016

Ducha de presión

No llega el agua a los pisos superiores de nuestra finca. Bueno, sí que llega, pero no con la suficente presión como para excitar el serpentín de los calentadores de agua. Por lo que los vecinos se tienen que duchar con agua fría. Como Pascual se niega a la instalación de una bomba de presión, el arquitecto y psicólogo, que viven en los áticos, se han armado de valor y  nos han pedido que les dejemos ducharse en nuestras casas. 
Yo me he negado en redondo sin ninguna pena ni óbice, puesto que no me he negado en ningún momento a la instalación del grupo de presión (¡qué gran nombre!). Por otra parte, conozco perfectamente a esos dos individuos, y sé que ninguna ducha, ninguna casa, ningún jabón con vitaminas va a estar nunca a la altura de sus exigencias y pretensiones. Así que he dejado sabiamente toda la responsabilidad en los hombros de los otros vecinos. De Pascual, más concretamente, para que sufra en sus carnes los efectos de sus tacañerías.
Así, se les oye gritarse por el deslunado, que esa mampara hace aguas, que él no es el criado de nadie, y su mujer mucho menos, que podría gastar menos jabón o traerse el suyo propio, que ese mismo jabón reseca la piel, y que cuanto más huele un jabón, menos jabón y más mierdas tiene, que han cogido hongos en esa ducha, que los hongos los han cogido los dueños porque antes no tenían. que los azulejos son horribles, que qué poca vergüenza si ha dejado de invitarles a desayunar aprovechando la ducha, que el fular de su madre no es la toalla de pies de salir de la ducha. Gritaban más cosas, pero en el momento de escribir esto ya no me acuerdo.
El nieto del vecino del primero está componiendo raps con lo que gabamos con los móviles. Yo quería ayudarle, pero no me ha dejado. Dice que soy de la edad de su madre, y eso no le gusta.
Espero encontremos pronta solución a todo esto, puesto que, cada vez que me asomo al deslunado, veo sus onomatopeyas.

jueves, 26 de mayo de 2016

El gran crowdfunding (segunda parte)

Extraños días, estos últimos. ¡Quién reconociera nuestro barrio! El kioskero discjockey ha cerrado por dilemas éticos. El cementerio de segadoras ha sido trasladado a otro suelo más barato. Los bares y negocios chinos están siendo adquiridos por españoles. Dejando a nuestros queridos chinos sin empleo. Nada es inmutable.
Como todas las primaveras, el aire se llena de abuelitos en suspensión. Nadie tiene la valentía de airear su casa. Por lo menos, la vecina del cuarto no expolsa las migas del mantel por la ventana.
Pero, por encima de todo. ¡Quién reconociera al archiduque!
En qué mala hora le regalamos la corona. Ahora se ha convertido en una caricatura de sí mismo. Es decir, en una caricatura de una caricatura. Va por el barrio con su corona y un manto de armiño cien por cien poliester, como patrullando. Se queda plantado delante de los escaparates hasta que le saludan desde dentro. Le dice a la gente como tiene que hacer las cosas, por dónde tienen que cruzar las calles, qué tienen que estudiar sus hijos. Les repasa la lista de la compra antes de que entren la supermercado. Ayudarles con las bolsas no les ayudará, no. Pero dar la brasa...
El caso es que la corona ha servido para que pase de ser un personaje anónimo del barrio a convertirse en el pesado oficial que da consejos a todo el mundo. No se da cuenta de que es ignorado, cuando no es objeto de burlas. Unos jóvenes le quitaron la corona y lo torearon, lanzándosela entre ellos, escondiéndosela en el chándal, etc. Pero, pese a todo, el archiduque no remonta, sigue con su actitud decimonónica.
Hemos tenido que hacer una reunión secreta en casa del arquitecto. En diez minutos se han acabado las cervezas y se ha tenido que ir a por más. No podemos desfundir la corona y devolver el oro a sus dueños, porque el chico que funde el cromo no hizo moldes de cada una de las piezas. Somos dispersos. A mitad de intentar trazar un plan, llaman a la puerta. Una vendedora de Avón y Círculo de lectores nos ofrece sus catálogos. La invitamos a pasar y nos ponemos a consultarlos, como niños pequeños cuando se acerca la Navidad. No sé como acabará todo esto.

lunes, 18 de abril de 2016

Elevador

Hace ya una semanas que nos viene el arquitecto dando la matraca con el cambio del ascensor de la finca. 
El resto de la finca no quiere cambiar de ascensor. Y los que nos sentamos con él en el bar tan solo queremos beber cervezas y, como mucho, rellenar la quinela.
Desde que los vecinos del portal que linda con el nuestro han cambiado la entrada y la han puesto de mármol casi blanco, el arquitecto considera que el nuestro no es el recibidor más bonito de toda la manzana.
Para el arquitecto, si una casa no te recibe con un buen ascensor, ¿qué puede esconder dentro? "No es de fiar aquél que no posee un buen ascensor", nos repite constantemente mientras nos invita a otra ronda y nos saca los papeles para que firmemos que estamos de acuerdo con la mejora, y que no vamos a ir a la reunión de vecinos.
Pese a lo resuelto que se le ve, no puede ocultar que tiene sus dudas. No sabe si le gusta más uno de estos modelos:
El modelo SRT36, que tiene aceleraciones coníferas y estabilizador parménides, no se nota casi que te has movido, pero tiene la misma velocidad que el del Empire State Building. Todo un ejemplo de velocidad y seguridad. No se nota el cambio de presión en los oídos.
El modelo Flodomir, con los reposabrazos forrados de cuero. Muy interesante para comunidades de alto standing.
Y nos obliga a ver los catálogos que le han dejado en la tienda de SUASCENSOR.
Nosotros no queremos un nuevo ascensor. El que tenemos no se estropea. No hay que cambiar de ascensor como no hay que cambiar de móvil o de coche así como así. Y nos insiste en que no somos capaces de empatizar con él y sus preocupaciones. Se enfada tanto que, cuando va a pagar, paga solosus cervezas, no las que nos ha dicho que invitaba. 
Se marcha bien enfadado a la tienda vertical a devolver el catálogo. Seguro que pide probar alguno de los ascensores de exposición. Jurará y escupirá en nuestro nombre. Nadie le consolará. No dormirá esa noche.
Al día siguiente, su mala memoria se habrá encargado de lo que nosotros no pudimos. Se sentará con nosotros el bar y beberá hasta que se le ocurra una nueva pulsión que podamos ignorar.


miércoles, 21 de octubre de 2015

El gran crownfunding (primera parte)

En una muestra sin igual de fe en el reciclaje, de aplicación de la idea de compartir, alguien ha dejado un montón de revistas de cotilleos en los buzones de la finca. Aficionado a las cosas gratis aunque no sean de interés, el arquitecto ha recogido muchas de ellas, llevándolas al bar donde le esperábamos. Así, el arquitecto, Pascual y yo, reunidos esa tarde sin dominó, hemos tenido de qué hablar.
A partir de ojear las preciadas revistas, entre cervezas y risas por lo bien que les quedaban los bigotes a los famosos, hemos descubierto una en la que aparece el archiduque. Es un ejemplar de hace unos diez años. En él, nuestro amigo posa en una casa solariega, inviándonos a husmear en su domicilio. A juzgar por su inmueble y por su todavía incipiente calvicie, eran buenos tiempos. 
Al ver que me quedaba parado en una sola página, Pascual me la ha quitado de un tirón de las manos. Como no me ha hecho gracia, he reaccionado como un niño pequeño intentado recuperarla, forcejeando con Pascual para dominar la revista. Tal ha sido la fuerza, que se ha roto de manera sagital.
Al partirse en dos mitades, hemos caído al suelo con nuestra parte en las manos con la suerte de quedar a la vista, semitroceada, una ficha técnica del propio archiduque. En ella, indicaba que su cumpleaños estaba muy próximo, cosa que ninguno de nosotros sabía o quería recordar.
¿Qué le podíamos regalar? ¿Qué le puede gustar más que nada al achiduque? ¿Cuál podría ser el regalo perfecto? Sin duda alguna, una de sus mayores y menos apreciadas manías es la de  ponerse constantemente por encima de los demás. Buscando siempre la diferencia a su favor, por mínima que sea, para alimentar su ego hambriento.
La pregunta era: ¿realmente queríamos hacerle feliz ese día? o mejor, ¿seríamos capaces de apechugar con todo lo que conlleva un archiduque subidito?
Nos ha llevado una caja de cervezas llegar a la conclusión de que la amistad está por encima de nuestras personalidades y de nuestros derechos civiles. Así que, entre abrazos, hemos decidido llevar a cabo el plan.
Hemos organizado un crownfunding. Todos los vecinos del barrio que han querido participar han aportado oro que tenían por casa. De las joyas de la abuela, de las chonis, e incluso algún anillo de compromiso roto. Lo hemos fundido en la caldera de la vieja fábrica de marmitas, cuya alarma sigue sonando todos los días a las siete de la mañana sin que nadie haya podido nunca desactivarla.
El oro ha sido derramado en un molde de cerámica con forma del regalo, una corona.

El día de su cumpleaños estábamos todos los contribuyentes al regalo. Casi se cae al suelo al sacar su corona de oro de la caja. Con aire solemne, se la ha puesto. Todo ha cambiado en él. Ya os contaré.

viernes, 31 de julio de 2015

De academias

Los profesores son nativos, dice el cartelito. Así que entramos y nos matriculamos porque estamos hartos de que todos los profesores de inglés no tengan ni puta idea de ningún otro tema. Sabemos que, dada su condición, nos podrán contagiar su filosofía, sus cosmovisiones, su mística y esas cosas raras.
Así que acudimos los cuatro, Pascual no quería pagar por ir a clase pero le invitamos entre todos para no romper el continuo de estas historias, con las más grandes alegrías y la mejor predisposición.
La señorita que llega al aula es rubia, y no lleva lanza ni escudo.Y nos enseña a decir que es un día lluvioso, o con niebla. Pero no nos enseña a invocar la lluvia, ni a transformarnos en nuestro tótem.
A la salida de la primera clase, en la cerveza de rigor, llegamos a la conclusión de que no le vamos a dar más que esta semana de oportunidad para enderezarse.
Y que, se ponga como se ponga, nos va a enseñar a danzar y tocar las percusiones. Así que pasamos toda la noche tatuándonos espirales con pinchos y confeccionándonos unas faldas de plátanos. Íbamos a ponernos platos en los labios, pero cuando Pascual se ha sacado un par de dientes con una llave inglesa, todos nos hemos echado un poco atrás.
En la última oportunidad para la academia nos presentamos de esta guisa. Cuando nos pregunta dónde hemos dejado los libros y cuadernos que nos dio, empezamos a bailar a su alrededor. Es ahí cuando nos damos cuenta de que se nos ha olvidado la olla. Abandonamos la clase para poder traerla y así cocinar a esa sucia imperialista paliducha. A lo que la secretaria reacciona bajando la persiana de la academia.
Ya en el bar, más calmados, llegamos a la conclusión de que tenemos que denunciarles por publicidad engañosa. Así que miramos en las páginas amarillas, buscando un abogado nativo de verdad. Y un dentista, por supuesto.

martes, 30 de junio de 2015

La reforma del 6º

El portal anda bien ajetreado últimamente. Montones de ladrillos y maderas esperan pacientes y apilados su turno para subir al sexto piso.
El vecino policía por fin se ha metido en reformas para construir una sala de tortura como Dios manda. Y ese evento, por supuesto, no va a quedar impune en la comunidad.
Ya el primer día, el vecino de la puerta uno, nos advierte que no han puesto ningún cartón en el suelo del ascensor. Y que lo están haciendo mal desde el principio. No sabe cómo va a acabar esto. Yo le contesto que tan solo estoy haciendo fotos de gente sudada trabajando, y del proceso creativo. Pascual dice que está curioseando. El arquitecto calla y mira para otra parte. Acaba de abrirse una lata de cerveza agitada y ésta lanza burbujitas al tiempo que chista ruidosamente al vecino ladrador.
Pronto empiezan las percusiones. Los martillos rompen y tiran estructuras que no sirven para el proyecto posterior. El kioskero DJ nos ha instalado unos micros y unos altavoces en la terraza. Todo el barrio se ve involucrado en los golpeteos y serrajes.
Al final del segundo día, el vecino de la puerta uno, nos advierte que, al marcharse, no se han llevado  el cartón que han acabado poniendo ante sus quejas. Y que todo es una guarrada y un desastre. Yo finjo una llamada telefónica del trabajo y salgo fuera del portal, en busca de cobertura. Todos asienten y me bendicen mientras cruzo la calle hacia el bar.
El tercer día comienzan todavía más pronto. El DJ ha estado jugando con el revert del equipo de música y el sonido resultante es todavía más aterrador. Los perros del segundo piso y el de Pascual tienen ganas de suicidarse. La anciana del séptimo sale de casa, para un taxi, y no vuelve a ser vista en lo que resta de año.
Tras la destrucción, llega la construcción. Tabiques, yesos y esas cosas que pueden durar meses. Ahorraré esta parte que es la más conocida por todos los que hayan sido vecinos alguna vez.
Están descargando el material que sirve de aislante sónico para la habitación, la silicona para pegarlo y unas tachuelas de pega que quedan muy bien en este tipo de habitaciones. Como no saben de qué manera aplicar la silicona, le piden consejo a Niko, que se encuentra en la cafetería. Pascual se pone a jugar con la silicona mientras les explica a los paleta hasta que el propio Niko le da un sonoro capón.
Y, por fin, la parte más glamurosa. La del diseño de interiores. Es cuando los mirones entran a dar su opinión. Que si esa columna con argollas enmedio, no. Que si de esta otra manera se aprovecha mejor el espacio. Que si el panel con los utensilios quedaría mejor en esa pared, enfrente de la camilla... Todo opiniones infundadas de gente que no ha torturado en su puta vida, dicen el arquitecto y el dueño de la habitación.


viernes, 22 de mayo de 2015

Viernes tarde

Viernes por la tarde en el bar. No hay fútbol ni tonterías, por lo que nos han dejado la radio municipal como hilo musical mientras jugamos al dominó y los camareros se echan una siesta tras la barra.
La partida evoluciona favorablemente. Todavía nadie ha gritado a nadie, ni se han reabierto viejas heridas del pasado viernes. Todo fluye de manera poco normal. Los errores son perdonados, los aciertos se celebran tranquilamente. Puede que lleguemos a jugar dos partidas.
Tan concentrados estábamos que casi no escuchamos las noticias de actualidad de los atascos. Para esa misma tarde se ha previsto uno monumental en la entrada oeste de la ciudad. Al punto que se han trasladado una serie de  reporteros para hacernos llegar las noticias en directo. Se hace el silencio. Nos miramos entre nosotros con una sonrisa incipiente. En cuanto uno se mueva, estaremos todos perdidos. 
De súbito, como accionados por muelles entrenados para desalojar, cada uno se lanza a realizar una acción. El archiduque recoge las fichas. Yo voy a la barra a despertar a pedir la cuenta. Pascual despierta al camarero tirando las copas que quedaban a medio beber y el arquitecto aparece con el mocho. Nos vamos.
Cada cual en su coche, y Pascual en el camión, sintoniza la radio municipal, arranca, y conduce hacia la rotonda. Bajamos las ventanillas y gritamos consignas e insultos. Vamos a salir de la ciudad y, rodeándola unirnos al gran atasco desde el kilómetro veinte.
El viento mesa nuestros cabellos al incorporarnos a la circunvalación. Las risas se oyen desde el barrio. 
Atrapados en el embotellamiento, llamamos a nuestros conocidos para que se nos unan. Pues, con  las prisas y la emoción, se nos ha pasado. Y a las grúas de los seguros. Para ser entre todos el mayor número posible de vehículos.
Y somos felices. Participamos de una gran masa que se mueve cual anaconda digiriendo un cabrito.
En la radio anuncian que la policía se va a poner en las rotondas y semáforos a descongestionar el tráfico. ¡Bien! El atasco durará siglos.

lunes, 18 de mayo de 2015

El buen técnico, la máquina mejor.

Por fin nos arreglan la tragaperras. Vuelve uno de nuestros vicios principales. Otra manera de tirar nuestro dinero tontamente, junto con alquilar oficinas en bajos comerciales, pagar impuestos y...
Un hombre bueno, sencillo, con camisa de cuadros, ha venido a principio de tarde para salpimentar nuestra partida de dominó y volver a darnos felicidad. Seguro de sí mismo, pero no demasiado, no hasta el punto de llegar al descuido, con una mirada cálida ligeramente atenuada por sus gafitas de analista, y dispuesto a todo, ha llegado nuestro héroe. A desmontar lo que hubiera que desmontar. A repararlo sin duda, ni miedo. Con sus propias manos.
Ha descargado su caja de herramientas y se ha encaminado a la barra, ha saludado alcamarero, pedido un cortado y se ha sentado en una mesa a cierta distancia de la máquina. Revolviendo sin mucha concentración mientras, desde su posición, escrutaba a su paciente. Se ha tomado su tiempo, ni que decir tiene que Pascual, que era mi pareja al dominó, se ha tenido que ir a pegarle puñetazos a una farola porque no aguantaba la tensión de la espera.
Resuelto el tema de la cafeína, ha abierto la máquina y ha comenzado a desgranarla. Nos hemos arremolinado a su alrededor, a intentar comentar cada uno de sus movimientos, darle ideas, solucionar problemas que no sabía que tenía, etc.
Ha sido un combate memorable. El técnico lo ha dado todo. Se ofrecía una y otra vez, desplegando sus amplios conocimientos de electromecánica. Y la máquina, enrocada en su esquina, luchando por no volver a trabajar, aguantando estoica cada retoque y cada golpe de destornillador.
De cuando en cuando, el hombre bueno cerraba la compuerta y echaba una moneda de cincuenta céntimos. Para comprobar con tristeza que su esfuerzo no era suficiente. Nosotros le jaleábamos. Le secábamos el sudor de la frente y le acusábamos lo bien que estaba trabajando hasta el momento. Indicándole todas las pequeñas cosas que había solucionado hasta el momento, para que no tirara la toalla.
Tras la tercera bebida isotónica, el técnico ha vuelto a embestir con toda su determinación. Ha cambiado unos relés y, con actitud casi chulesca, ha cerrado de nuevo la compuerta e introducido la moneda. El tintineo y luciferio han vuelto a llamar nuestra atención. Hemos sacado a hombros al buen señor y lo hemos acompañado hasta su furgonetita, no fuera que lo atraquen. Todos hemos brindado, reído, cantado. Hemos bailado hasta el amanecer, como lo requiere la ocasión.
Por fin nos arreglaron la tragaperras, ya tenemos donde tirar el dinero.

martes, 17 de febrero de 2015

Café en zona acotada de tiendas

No importa que todavía no esté abierto el propio centro comercial, ni ninguna de sus tiendas. Tanto turistas como consumidores compulsivos se las apañan para burlar la seguridad y visitar los escaparates aún cerrados en los que se reflejan los musculosos más madrugadores. Éstos que comprueban mirándose constantemente si funcionan los batidos ricos en proteínas que van ingiriendo.
El único café abierto tiene todas las mesas llenas de gente que no consume nada. Abducidos mientras miran en pantalla gigante los vídeos de cantantes jamonas. Sonriendo, sin hablar entre ellos. Ni siquiera por mensajería instanténea. Los pobrecillos.
En un momento dado, todo comienza a llenarse de adolescentes que hacen fuchinas. Y de ancianos insomnes que salen del cine. De la sesión prematinal. Una futura mamá se encuentra por fin con la correspondiente futura abuela. Estaba nerviosa sin motivo. 
Desaparecen los musculosos. Y llegan las encargadas de tienda a por sus cafés. Siempre cansadas, pues nunca llegan a objetivos, aunque lo dan todo. Con sus coletas y sus bolsos. Y sus parcialmente olvidados sueños de grandeza. Ya lo pagarán con alguien.
Nadie aquí parece mala gente. Solo nadan a favor de la corriente. No más.
En eso, se escuchan unos berridos provenientes de garganta infrahumana. Pascual me ha visto y se acerca a mi mesa, tropezando. Yo le saludo y guardo la libreta en el bolso. A cada paso que da, derriba una mesa.

viernes, 28 de noviembre de 2014

El hombre del tiempo

Nos hemos puesto de acuerdo de una vez por todas.
Ha hecho falta una multitud de asambleas vecinales, discusiones, riñas, e incluso purgar las típicas rencillas y te dijes entre vecinos. Ha costado lo suyo pero, al final, lo hemos conseguido.
Tras un mes entero de negociaciones, hemos podido concordar unos días fijos para lavar los coches y las ventanas de las casas. Se ha resuelto que era la única solución, puesto que cada vez que alguno de los vecinos del barrio llevaba a cabo alguna de estas operaciones, se ponía a llover al día siguiente. Todo esto alteraba significativamente a aquellos que habían realizado la misma tarea unos días antes, puesto que caíancuatro gotas cada vez, arruinando el trabajo previo.
Así, el martes siguiente al acuerdo, todo el barrio fue a la gasolinera a lanzar chorros de agua a sus utilitarios. A Pascual se le prohibió venir porque es muy bestia. Y se empieza salpicando accidentalmente, se devuelve el salpicado entre risas, y se acaba siempre a hostias. De regreso, todos se pusieron con los cristales de sus casas. Se podía andar por la calle disfrutando del aroma de cristasol que inundaba las calles.
La comisión encargada del archiduque ha ido a su domicilio y lo ha encadenado al sofá esa misma noche. Conociéndolo, estábamos seguros de que iba a limpiar su coche al día siguiente de todos los demás.
El hombre del tiempo se ha vuelto a equivocar. Nos ha prometido un anticiclón, calor, cielo despejado. Y nos hemos alegrado, claro que sí.
Al día siguiente, la atmósfera cerrada y gris se ha tornado una tromba de agua que ha destozado toldos, marquesinas y ha producido filtraciones en las terrazas. Todo ello, seguramente, consorciable al recogerse más de cuarenta litros por metro cuadrado por hora. Por su parte, la asamblea, en reunión extraordinaria, ha decidido por unanimidad en tiempo récord dejar de jugar a Manitu, y que cada uno limpie cuando le venga en gana.

lunes, 11 de agosto de 2014

El corista

No me puedo quitar de encima la pegadiza canción de Jamona Rowlands. Voy tarareándola por ahí, mientras hago cosas que no requieren de todo mi cerebro, como fregar los platos o hacer la compra. Sobre todo, su pegadizo estribillo, que luego utiliza de tema y de cobertura en un par de cortes más, dándole a todo el disco una sensación de espiral que nos ha fascinado a sus seguidores. 
El caso es que, críticas musicales aparte, llevo ya un par de semanas con el soniquete y no me libro de él. Así, voy sobreviviendo, saltando las matas, a ritmo de Rowlands.
De esta manera, en la cola del supermercado, con la cesta llena, tampoco puedo dejar de escucharla y bailarla. Sé que es una de esas actitudes mías por las que la gente me señala con el dedo y me retira el saludo, pero me dejo llevar y concluyo de la manera más espectacular posible, abriendo los brazos con un paquete de arroz y una cerveza en cada mano y casi le doy un golpe al muchacho que aguarda detrás con un paquete de dulces y una soda.
Me disculpo y, al visionarlo tan desprovisto de carga y tan debilucho, le invito a adelantarme y pagar antes. Él, de manera tímida, casi siniestra, suelta un hilillo de voz desde detrás de su flequillito. Insisto, porque estas cosas son muy importantes para mí. Tímidamente, niega con la cabeza y el índice. Reinsisto, a lo que no contesta. Con lo que lo agarro de la chaqueta y lo empujo hasta la caja. Al moverlo, noto que está compuesto tan solo de huesos y maquillaje, por lo que me disculpo por no haber tenido un poco más de cuidado.
Sin mirar a la cajera, paga rápidamente, con un movimiento perfeccionado por la práctica. Y se va hacia la puerta. Yo deposito los productos en la cinta mágica. Y cuando los toca la cajera, valen su peso en oro.
Ya con las bolsas, salgo del establecimiento rumbo a casa. O al bar. Noto como una sombra que me sigue. Me giro y no veo a nadie, así que continúo caminando. Advierto que me chistan de manera tímida, como si no quisieran realmente que les oyera. Me giro de súbito y alcanzo a ver al muchacho del flequillito. Se acerca con suma precaución, como un animal salvaje que no ha visto nunca a un hombre pero tiene que comer de su mano. Estoy a punto de pegar un grito y coger una piedra y lanzársela. Pero espero porque parece que quiere decirme algo.
Se acerca a mi oreja y, con tono difícil de audiometría, me pregunta si estaba silbando la canción de Jamona Rowlands. Yo le sonrío y le digo que sí. Se queda parado unos segundos. Durante el tiempo que tarde en decirme que él es un gran fan, yo escribo en mi libreta todo lo que has leído hasta ahora.
Le digo que me alegro de tener una afición en común con él. Que la música no tiene edad, y que puede contar conmigo para lo que quiera. Para repasarle las mates, o para prepararle ejercicios para vencer su timidez. Él asiente de manera rítmica, con lo que casi me hipnotiza. Le doy un golpe en el hombro y me despido.
Continúo caminando hasta que, extrañado, me giro de nuevo y lo veo a unos metros. Se acerca con pasitos de geisha. Le indico que se me descongela la pizza, que lo que tenga que pasar, que pase rápido. Se acerca a mi oreja y me susurra que a él le gusta todavía más su corista, Thomas Schwartzman. Y se pone a comentarme, con toda firmeza, sus bondades. Su chorreo de palabras me lleva a dejar de escucharle y a tener ganas de abandonarlo allí mismo. Más, como me ha caído bien y se me ha descongelado la pizza, le invito a casa a comer. De camino, se va creciendo. Cada vez habla más alto y más fuerte. Y se me cruza en el camino cuando quiere recalcar alguna de las bondades de Schwartzman. Dejo la compra en el suelo y me abro una cerveza, para no despedirlo.
Llegamos a casa. Mientras ordeno mis viandas, saca una usb y la pone en mi portátil. Tiene toda la discografía de su héroe. Me la graba.
Me dice que se considera un purista. Que su trabajo con Jamona es el más conocido, pero que le ha hecho los coros a muchas figuras importantes de la canción. Desde los Download Turttles, hasta los Biomaníacos. Y que no suele salir en los créditos, por lo que se le ha hecho muy difícil seguirle la pista. El horno pita y voy a por la pizza.
Pasan las horas.
Llega el alba. La última canción concluye. Me despierto de golpe en el sofá. Le indico donde está la puerta.

lunes, 4 de agosto de 2014

El gran almuerzo universal

Nos han echado del gimnasio.
Esta mañana, al acabar la sesión, el director del gimnasio nos ha llamado a su oficina y, todavía sin duchar, nos ha dado la noticia. A partir de mañana, el archiduque y yo no seremos bien recibidos en sus instalaciones.
El archiduque, como es normal en él, no se lo ha tomado con mucha filosofía. Ha comenzado a hacer aspavientos caminando por el despachito. Yo le he preguntado cuál era la razón por la que nos despedía, recordándole que, al fin y al cabo, éramos clientes del lugar. Que no se puede tirar a gente que paga por ir a un sitio. Y más cuando no hemos hecho nada malo. 
Con un ojo en el archiduque y otro en un informe, me explica que no me ve sufrir, que no sudo la camiseta. Dice que voy allí de paseo y que doy mal ejemplo a los jóvenes. El sucio archiduque no deja de asentir durante toda la explicación para, cuando el director acaba conmigo, dar un puñetazo sobre la mesa que nos sobresalta. Y ¿qué pasa con él? ¿por qué se le somete a tal afrenta?
Parece ser que el archiduque habla mucho cuando se encuentra en el gimnasio. Y muy alto. Yo no paro de asentir cuando el director trata de explicar todo esto. Y molesta a los esforzados atletas, como hace en todos los lugares a los que va.
El archiduque no admite sus errores, se pone a enumerar todos los fallos del gimnasio, tanto a nivel organizativo, como estructural o humano. Que si las goteras de las tuberías, que si el entrenador de pilates huele mal, que si los líquenes de las duchas... Hasta que el director no aguanta la presión y rompe a llorar sobre el escritorio. Ciento veinte kilos de músculo derrumbados instantáneamente. 
Al punto, reacciono y les sugiero irnos los tres a almorzar. Recogemos los bártulos y nos metemos en el coche del entrenador. Las lágrimas ya se van secando. El hipo se le pasa, ya puede conducir. Menudo almuerzo nos vamos a pegar.
Y almorzamos. Y una cosa lleva a la otra. Se tienden puentes, se abren los receptores de sentimientos. ¡Qué perra vida ha tenido el pobre director! Y llegan los abrazos, y las promesas. Como estoy sentado hacia la puerta, veo a Pascual saludando en la barra y girándose haca nosotros. En los tres minutos que tardo en alzar el brazo para indicarle que se siente con nosotros, Pascual se acerca, nos mira las pupilas, y se va.
Y continúa el almuerzo, y la sinergia, y los planes. El mundo pasa a ser un poco menos abrupto, un poco más considerado.
A las seis de la tarde, el camarero nos ruega que abandonemos esa mesa, que van a venir los del dominó.

miércoles, 23 de julio de 2014

Los gemelos de la salsa de yogurt

Vuelvo a por un kebab. Uno de aquellos cuya digestión me hace sentirme anaconda.
Hoy no hay un chico que imita a Ángel Cristo, sino dos. Son iguales, visten, hablan y se mueven igual. Consternado, no sé a cuál de los dos hacerle la comanda. Se ríen un  rato de mí, en sus extraños códigos, hasta que uno de ellos me dice que está de visita, viendo a su hermano gemelo. Y, de paso, le ayuda a adulterar la salsa de yogurt. 
El Ángel Cristo original comienza a prepararme la comida mientras el Ángel Cristo visitante comienza a hablar de platos que se preparan en su pakistán natal, que el kebab es comida de turcos. Me dice que en su país hay lentejas de todos los colores, que los amaneceres son más bonitos. Añade que los nabos son mucho más grandes que aquí, mientras los escenifica con las manos: ¡así, así! Parece no saber que me causa risa todo el mundo, incluso si no me dan razones para ello. Le pregunto si ha probado el hinojo, pero solo le interesan lentejas y nabos. ¡Un archiduque de la comida! ¿Cómo puedo competir con semejante conversación? Así que callo.
El hermano sale del mostrador hacia la nevera. Al pasar por el flanco del mostrador, chocan y se tambalean. Ahora ya no sé cuál de los dos es el Ángel Cristo original y cuál su hermano de visita. Ahora hablan los dos de las recetas de la abuela. Y se ríen entre ellos. Mi camisa olerá a kebab durante semanas. Me llaman por teléfono y contesto. Ellos gritan todavía más.
Todos callamos cuando uno de ellos, no sé si el original, esquila la carne.

lunes, 14 de julio de 2014

El barrio más fuerte

De un tiempo a esta parte, el Barrio se ha ido llenando de gente musculosa. Y eso nos viene extrañando desde hace un tiempo al arquitecto y a mí. El otro día lo comentamos cuando íbamos de camino al bar.
Los vecinos siempre hemos sido gente de concepto. Provenientes del mundo del arte, las ciencias y la vida, incluso aquellos que no han estudiado, como Pascual, gustamos de quedar a charlar. Debido a los talleres públicos de teatro y las reuniones de los miércoles, donde asambleamos la actualidad, pensábamos que la juventud había salido también reflexiva.
Resulta que nuestro amigo el archiduque creyó imaginar en una de sus peregrinaciones por la Capital que allí la gente era más alta. O más guapa. O, tal vez, más fuerte que la que puebla nuestros querido Barrio. Y así, envuelto en una de sus epifanías monstruosas, comenzó a tirar de agenda hasta que, no sabemos a cambio de qué, consiguió que sus amigos ricachones de ultramar nos dotaran de un gimnasio gratuito.
Por ello, nuestras calles se han llenado de gente con bolsa de deporte. Los contenedores rebosan de residuos plásticos con restos de jugos ricos en proteínas, las carnicerías han triplicado sus ventas, y el peso medio per cápita de los vecinos ha aumentado.
Nadie ha utilizado el gimnasio para ponerse en forma y ganar velocidad, resistencia, elasticidad, etc. sino que todos se están musculando. No solo la juventud. Todos los que acuden al gimnasio por caridad, ancianos y señoras incluídos, lucen torsos hipertorfiados. Y esto, en ocasiones, es un problema serio. Porque ya no cabemos cinco personas dentro de la panadería, por ejemplo.
Ahora todos, con sus egos estúpidamente reforzados, gritan en lugar de hablar. Exigen las cosas con vehemencia, se creen en posesión de la verdad.
Por ahí viene el archiduque, saludando a unos jóvenes macarrillas que fuman porros en el parque. Lleva un metro de costurera con el que les mide los bíceps. 
¡Qué mala suerte tuvimos cuando se te adjudicó psicólogo, archiduque! ¡Qué mala suerte!