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martes, 15 de septiembre de 2009

Mi orzuelo (episodio 2)

(deberías leer la primera parte primero. Si no lo haces, da igual, pues yo tampoco lo he hecho)
Llegó un día en el que la situación se tornó inaguantable. Era una cuestión de supervivencia; mi orzuelo o yo. Ante la imposibilidad de luchar contra las cremas, y la próxima visita al médico el orzuelo ,que tanto me había querido en el pasado, tomó cartas en el asunto y me puso la vida patas arriba.
El orzuelo había tomado el ojo derecho como rehén. Decía poder invadirlo de tal manera que, entre espasmos de dolor, me quedara sin él. Ante la eterna amenaza de quedarme sin ojo, no pude menos que atender a sus mandatos. Para empezar, ni un solo fármaco más. Ni siquiera los que tomo contra la malaria.
Subyugado, herido por tan insignificante grano, me convertí en un títere que obraba según su conciencia. Y, créanme, la conciencia de un orzuelo no está en exceso desarrollada.
Me despertaba con dolor a mitad de noche, y me obligaba a bajar a la calle a bajar los toldos de todas las tiendas de la calle. Si me negaba a sus abyectos planes, crecía un poco más.
Según pasaba el tiempo, el orzuelo iba tomando conciencia de lo poderoso que llega a ser un cuerpo humano. Y pasó de las simples bromas de quinceañero a verdaderas calamidades.

Mi orzuelo (episodio 1)

Mi orzuelo y yo nos respetábamos.
Él se había instalado en mi párpado derecho. Había nacido con el otoño y bien pronto habíamos formado perfecta simbiosis: Yo lo alojaba y transportaba de un lado a otro. Le hice conocer Valencia, e incluso Europa. A mis mejores amigos y a mis clientes. Él, por su parte, me hacía de piercing gratuito y natural, y liberaba en mi torrente sanguíneo miles de substancias de dudoso gusto.
Y así pasaba el tiempo. El divieso y yo íbamos siempre juntos. Si quedabas conmigo a tomar unas cañas, siempre se venía conmigo. Jugábamos al fútbol, a la playstation, decansábamos juntos... éramos inseparables.

Un día, se decidió desde las más altas instancias que ya había estado demasiado tiempo en mi ojo. Consultada la farmacéutica, pasé a aplicar dos veces al día una crema que me despediría para siempre de mi orzuelo. Ahí comenzó mi declive.
Todo el respeto y mutua admiración que antaño nos profesábamos se había convertido, traición mediante, en una guerra a tumba abierta.
Al atacarle yo con semejante pomada de uso tópico, el orzuelo respondió de una manera que no me esperaba. En lugar de desaparecer, creció y creció hasta apoderarse de gran parte de mi ojo, así como de las miradas de mis interlocutores. ¿Dónde estaba la antigua amistad? Cómo habíamos cambiado. Y lo peor de todo: era todo culpa mía.
Había escuchado cantos de sirena acerca de liberarme del grano, de abandonarlo para siempre, cuando no me hacía ningún mal. Ni siquiera me frenaba al nadar.
Y ahí estaba yo, con el orzuelo cabreado y creciendo en mi párpado, acorralado, sin saber qué hacer...