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domingo, 9 de octubre de 2016

En el corredor de la muerte estamos ya

Desde que descubrí que la vida
trata de cazar esos gigantes
escondidos tras esos arbustos
que se mueven hacia el horizonte,
salgo siempre de casa
con el depósito de gasolina lleno
y la lanza de punta ígnea en la mano.

Nunca llegué a alcanzarlos.
Pero ví como se defendían
de aquellos más veloces y fuertes.
Para reírse de nosotros
desde sus tronos de madera.

Una a una,
todas las gotas de inspiración
y todas las sonrisas que tenemos,
se van quedando en la cuneta.
Donde darán cuenta los carroñeros.
Como ése. Como aquél.
Yo os señalo con el dedo.

Dime, tú que sabes ya de todo esto,
si cuando llegas a cierta edad
se cae la coleta por sí sola,
y el culo se vuelve blando
y la televisión se ríe cuando llegas a casa.

Dime, tú que tan elegante calzas,
qué día de tu vida bajaste la cabeza.
A cuánto se cotiza el kilo de sueños
en ese limbo del que provienes
y al que nos quieres llevar.

Dime, por fin, azote de excéntricos,
si compasión tendrías de alguno
de los que aún queremos cantar.
Si ves posible pedir una prórroga,
una excedencia de la mediocridad.

jueves, 28 de abril de 2016

Revolución -3.0

A veces,
el filtro del lavavajillas
acumula saña y desconcierto
que no se llegan a disolver
con las pastillas triple acción.
Cálculos de urea social
que actúan de embudo y red
de todas nuestras vergüenzas.
A veces,
alguna de esas despreciables minucias
escapa entre la maraña grasienta
y huye de sus captores
por el alcantarillado.
Yendo a parar con el resto de los huídos
a un gran estercolero húmedo.
A veces,
alguna de esas partículas
impacta en sus veteranas compañeras
ya acomodadas y sedimentadas
provocando el derrumbe
de parte de la montaña de mierda.
En ocasiones,
estos pequeños derrumbes
producen ruido por la fricción
que se llega a oír en la superficie
donde dormitan los seres racionales
mirando sus catálogos de rebajas,
deslumbrados por sus tubos catódicos.
¡Perdón! por sus micro leds.
A veces,
alguien en la cola del supermercado
comenta haber percibido
un leve rumor como de movimiento.
Con su carro lleno de precocinados
y pastillas triple acción para lavavajillas.


miércoles, 6 de abril de 2016

El día que se deja de jugar


El día que la gente deja de jugar, le crecen polillas en los sobacos, las costras interdigitales y sienten un adormecimiento de sus traseros.
También se cierran las ventanillas de los ojos, y su curiosidad se reduce a qué echarán por la televisión esa misma noche, para poder llenar un par de horas que sobran antes de irse a maldormir.
Es sintomático en la gente que no juega la aparición de ojeras, de canas, o directamente la caída de cabello. Así como los desórdenes horarios, la ingesta compulsiva de café y el olvido de las cosas que iban a ir a comprar.
Los animales predadores juegan para entrenar sus destrezas para la caza. Las presas juegan para entrenar sus destrezas para la huída. Los omnívoros jugamos para poder ver el mundo con mejor color.
Cuando se hace un viaje en coche, haya que parar cada dos horas para jugar un rato.
Cuando se tiene una reunión importante, conviene comenzar a romper el hielo con algún juego sencillo que no dure más de diez minutos, donde los oponentes en la negociación se conozcan un poco mejor. 
Cada cierto tiempo, hay que parar para jugar. Estemos haciendo lo que estemos haciendo. Tan solo está contraindicado jugar minutos antes de dormir, debido al efecto placebo que condiciona nuestros cerebros. A no ser que el propio juego sea condicionante de las buenas noches.
Es por ello que el ser humano tiene que jugar.
Porque, como hemos dicho, en el mismo momento que el individuo deja de jugar, la leche se agria, las manzanas producen gusanos y los estornudos ya no suenan a risa. O lo que es lo mismo: las pelotas no botan si no se juega, los pensamientos cobran una oscura y extraña dimensión de absurda seriedad. Y ya no cantamos en las alcantarillas, sino que bailamos el agua.
La gente que ha dejado de jugar cree que ahora toma mejores decisiones. Cuando la mejor decisión es, sin duda alguna, ponerse a jugar.
Es por eso que nunca hay que dejar de jugar. Nunca, nunca, nunca.

martes, 12 de enero de 2016

Como pingüinos en coches de choque

En sus zapatos brillan sus caras tristes.
Sus caras reflejan sus vidas.
Sus vidas son grises, como sus ojos.
Sus ojos  nunca miran a los tuyos.
Tus ojos miran sus caras tristes,
donde brilla la luz de sus zapatos.

Se debaten entre el nuevo limbo que es sus vidas
y la programación mainstream que verán esta noche.
Y juzgan, vaya si juzgan a la gente.
Por su peinado
y por sus zapatos.

En sus zapatos brilla su mundo
deembustes diarios.
Temen al silencio,
no sea que oigan sus voces internas
pidiendo socorro.
Temen estar solos,
no sea que llegue el silencio
y vuelva la dichosa voz ahogada hace tanto.
Para poder ascender
sin saber hacia dónde.

Mientras, el lustre de sus zapatos
es mucho más brillante
que el de sus miradas,
que el de sus sonrisas.

jueves, 4 de junio de 2015

Carne de cordero añojo

Apostados
en lo alto de la tarima
nos diponemos a francodisparar
a todos los que vengan por el desfiladero.
Les matamos las vergüenzas,
les quitamos de encima los elogios vanos.
Les hacemos chichinas desde nuestra atalaya
pues, en breves momentos,
ven desfilar toda su vida.
Cuestionamos
la indolencia que les hizo pasar por allí,
uno tras otro, en rebaño.
Pese a haber visto
como caían sus predecesores.
Y les regalamos
para que apliquen en sus vidas
las soluciones salinas de los goteros
de la uci mental a la que se exponen.

Alrededor de una hoguera,
sentados con las piernas cruzadas,
compartimos todos la experiencia vital.
Y a los que sobreviven
les cantamos.
Y a los que no se decantan
les cantamos.
Y a los que ya no lo cuentan
les cantamos.

jueves, 14 de mayo de 2015

Chamán

Y áun hoy, cuando vemos al chamán bailar,
totalmente enloquecido
en trance mediático,
ninguno de vosotros cuestiona
si se trata de un cantamañanas
con déficit de cariño,
un aprovechado hiperlocuaz
o tan solo un viejo loco.

Todos bailan con el chamán.
Todos le jalean y le veneran,
le piden consejo a pies juntillas,
le hacen palmas con las orejas.
Todos quieren que les toque,
que les bendiga con su hálito de las cavernas.
O, mejor, que les escupa o vomite encima.

Yo apenas recuerdo su idioma
ni creo en sus cuentos de brujas.
Y no alcanzo a comprender
que tenga una casa con piscina
en las afueras de la aldea.

miércoles, 22 de abril de 2015

Mermelada de impávidos

Sonríen.
Pese a la angustia,
la frustración,
la injusticia,
la largamente aceptada
denigrancia.

Pese a todo ello,
están bien tranquilos
pues nos tienen bien atados.

Si nos portamos mal,
nos castigan sin internet
o sin huevo kinder.
Y hay límites de los que no debemos pasar.
No hay reacción resultante,
ni choque de fuerzas,
ni asalto final a sus laboratorios sociales.
¡A la mierda la ciencia y esas patrañas!
¡A la mierda la ética, las artes y esas pavadas!
¡A la mierda el solsticio, hombre ya!

En la retaguardia
tienen mejores máquinas de café.
El día que tenga ganas de andar,
lo mismo comienzo algo.

domingo, 19 de abril de 2015

¡Estoy rodeado!

Llega el alba,
cuando los pájaros exóticos toman el sol
el la gran jaula esférica.
Los autómatas antorpomorfos
libran de nuevo la lucha
que nunca llegarán a ganar.

Entre réflex, bostezos
y batidos de proteínas.
La repetición,
siempre la repetición.

Al alba, insisto,
los autómatas buscan a su manera,
entre sus cuerpos curtidos,
y la quema de molestos carbohidratos,
que no les gustan.
De paso, salir del gran grupo,
desmarcarse del resto de las heces de Dios.
Tener algo que enseñar
en sus sucias, vacías vidas.

Persiguen un canon de belleza euclídea,
un sinsabor aséptico,
una lesión incapacitante,
un motivo para que alguien,
entre la chusma irracional,
los mire.
¡Quién sabe!

Si alguno de ellos intentara,
alguna vez, sonreír
¡o cantar!,
la sociedad, tal vez...
Sin embargo, se miran de nuevo al espejo
y se dicen que lo están consiguiendo.

martes, 17 de febrero de 2015

Café en zona acotada de tiendas

No importa que todavía no esté abierto el propio centro comercial, ni ninguna de sus tiendas. Tanto turistas como consumidores compulsivos se las apañan para burlar la seguridad y visitar los escaparates aún cerrados en los que se reflejan los musculosos más madrugadores. Éstos que comprueban mirándose constantemente si funcionan los batidos ricos en proteínas que van ingiriendo.
El único café abierto tiene todas las mesas llenas de gente que no consume nada. Abducidos mientras miran en pantalla gigante los vídeos de cantantes jamonas. Sonriendo, sin hablar entre ellos. Ni siquiera por mensajería instanténea. Los pobrecillos.
En un momento dado, todo comienza a llenarse de adolescentes que hacen fuchinas. Y de ancianos insomnes que salen del cine. De la sesión prematinal. Una futura mamá se encuentra por fin con la correspondiente futura abuela. Estaba nerviosa sin motivo. 
Desaparecen los musculosos. Y llegan las encargadas de tienda a por sus cafés. Siempre cansadas, pues nunca llegan a objetivos, aunque lo dan todo. Con sus coletas y sus bolsos. Y sus parcialmente olvidados sueños de grandeza. Ya lo pagarán con alguien.
Nadie aquí parece mala gente. Solo nadan a favor de la corriente. No más.
En eso, se escuchan unos berridos provenientes de garganta infrahumana. Pascual me ha visto y se acerca a mi mesa, tropezando. Yo le saludo y guardo la libreta en el bolso. A cada paso que da, derriba una mesa.

miércoles, 16 de abril de 2014

Por fuertes y gallardos que sean
por altos o bajos,
sean de costa o cordillera,
de estudios, de callos o grasas,
con años a sus espaldas,
curtidos en mil batallas
o con la inocencia de la juventud,
próceres o villanos,
de bella o repugnante estampa,

con exceso de confianza,
o con ésta por los suelos.
Nadie, ellos o ellas,
serán capaces jamás
de mantenerme la mirada
en el ascensor.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Pandemia mediocre


¿Qué día decidísteis
que ya lo sabíais todo?
¿Qué día se os olvidaron
todas las canciones?
¿Qué día comenzásteis a hablar
por boca de vuestros amos?
¿Cuándo dejásteis de mirar a los ojos?
¿Cuándo dejásteis de mirar a los culos?
La calle está desierta.
A lo lejos,
alguien escarba en un contenedor.

jueves, 29 de agosto de 2013

En la terracita

Como los miro y escribo, creen que soy una especie de espía industrial, que estoy socavando información acerca de sus negocios y tejemanejes. Y llegan a plantearse seriamente llamar a sus matones para que me quiten la libreta. 
Por suerte, pasa por la calle el archiduque, que me da un abrazo aristocrático de los suyos, se disculpa por la prisa y se sienta en la mesa de los figuras.
El más malo no me quita ojo, el que tiene la mirada sucia, el que no ha perdido la oportunnidad de ponerse por encima de la camarera ni de amenazar a unos empleados que circulaban por la calle con algún asunto a mitad.
Pero a mí me importan un carajo sus inversiones y rencillas. Yo los observo desde el punto de vista de un artista-bio-antropólogo. Estudio sus relaciones de poder, sus miradas, sus semblantes, su jerarquía. Sé, por ejemplo, que el más malo es también el más envidioso, el que necesita encarecidamente saberse imprescindible. Aporta constantemente datos supuestamente obvios y relevantes, o muestras de subjetiva genialidad. 
El más anciano no para de fumar y asentir. No me ha quedado claro si les oye. Está en ese grupo por algún tipo de respeto atávico o tradicional. O quizá porque es el verdadero inversor en ese grupo de sinvergüenzas. A su lado se sienta su asesor personal, que calla y apunta mentalmente. No perdonará ni una.
Además del propio archiduque, que no parece enterarse de la misa, hay un individuo más joven, que ríe las gracias del malo, aunque no las comparte. Es, sin duda, el técnico, arquitecto, o lo que sea de especialista que necesitan para sus correrías. Su trabajo no es en la cafetería, así que se excusa y se va.
Llega otro al que llaman Gran Persona. No está en su peso. El archiduque le da un abrazo como el mío. Se sienta y habla de barcos y de tonterías. Todos le hacen fiesta, es el verdadero ejecutivo alfa de la reunión. Si él abandonara, todo se iría al garete, y ellos lo saben. Y demuestran que todos son unos mierdecillas, poniendo sus cuellos en el suelo para que los pise si le place.
Y el gran lobo orgulloso, que se reía de los demás y confundía camareras del Este con prostitutas, agacha las orejas y mete el rabo entre las piernas. Se tumba sobre su espalda, esperando una caricia en la pancha.
Gran Persona me mira y sonríe contento. Saca un paquete de galletitas con forma de hueso y lo reparte entre sus caniches.

miércoles, 3 de julio de 2013

Ya de mañana

Sentado, como siempre,
en la mesa de la esquina,
libreta en mano
removiendo mi café,
no puedo dejar de sorprenderme
ante la estupidez general.

miércoles, 26 de junio de 2013

Tu meta

El objetivo varía tanto como el cazador.
Si quieres ser uno más,
adelante.
Yo me voy con mi matasuegras
y mi contador geiger
a cazar alienígenas vestidos de buzo.